Felipe

A las 24 semanas de embarazo, después de dos días de molestias leves, fuimos donde nuestro ginecólogo, quien se quedó frío cuando me hizo el ultrasonido. Tenía 3cm de dilatación y una parte de la bolsa expuesta. Pasé de la cama del ultrasonido, a la cama del hospital con la fe en que íbamos a ser la excepción. Íbamos a lograr llegar a las 28 semanas. Íbamos a llegar a los 800g necesarios para tener, al menos, un mínimo chance de sobrevivir. “Una bolsa en esas condiciones puede durar 2, 3 días”. No era ni por sombra suficiente. “Pero tuvimos una señora que aguantó dos semanas”. Hasta la fecha no sé si esa señora realmente existe o si fueron palabras de amor que mi ginecólogo, además amigo, nos dio. No podíamos hacer otra cosa más que intentarlo.
Felipe nació 10 días después, de 25 semanas y 3 días. Pesó 800g. En el parto salió de una pujada y con sus diminutos pulmones acató a llorar a medio aullido. Estaba vivo. A partir de ahí la luchó como los grandes. Nada te puede preparar para ser papá o mamá de un prematuro extremo. Uno de los enfermeros que había tenido una niña de 28 semanas nos dijo “prepárense para una montaña rusa de emociones. No se alegren demasiado con los avances ni se depriman mucho con los retrocesos porque la situación puede cambiar de la noche a la mañana”. Nada más cierto, ni más difícil. A las dos semanas Felipe estaba respirando solito, sin ayuda de oxígeno. Al mes y un día nos estábamos despidiendo de él pues estaba muy grave y las máquinas no daban más. Gracias a un ángel, que algo vio en mi negro, se logró hacer el traslado al Hospital de Niños. Esta vez con más subidas que bajadas logró llegar a casa después de 74 días. Se venía otro reto: darle de mamar. Succión débil, acostumbrado a tomar de mi leche en chupón y ni él ni yo con nada de experiencia en el asunto. Yo lloraba, él lloraba. La gente me decía que era que no me lo estaba poniendo suficiente, que tenía que dejarlo aguantar hambre, que tal vez así.
Gracias al apoyo de La Liga de La Leche logramos superar ese obstáculo. Sus consejos de respeto y paciencia y su información oportuna hicieron que, después de 3 meses de nacido y de haber sido alimentado por dos meses y medio con sonda y chupón, Felipe mamara por primera vez. Sabía de los beneficios de la leche materna, especialmente en prematuros, por lo que este logro fue muy importante y sumamente gratificante.
Poder alzarlo, una toma de leche al pecho, verle respirar sin asistencia, verlo darse vuelta, gatear, caminar, sonreír. En todas esas cosas tan “sencillas”, mi negro nos ha enseñado el valor infinito del agradecimiento y del asombro.